Incertidumbre

Se ha cumplido un siglo desde que Werner Heisenberg, un joven físico alemán de veintitrés años, llegó a la isla de Heligoland buscando aire puro y silencio. La fiebre del heno lo obligaba a alejarse del continente y el retiro no solo le alivió, sino que le ofreció un espacio para teorizar sobre el movimiento escurridizo de los electrones. Entre caminatas por la isla, noches en vela y cuadernos llenos de ecuaciones, surgió la primera formulación de la mecánica cuántica: la mecánica matricial. Poco después, junto a Max Born y Pascual Jordan, la idea se transformó en una teoría completa.

La mecánica cuántica no ofrece certezas absolutas. Describe un mundo microscópico que funciona con exactitud, pero cuyo significado profundo desafía nuestra intuición. En 1927 Heisenberg enunció el principio de incertidumbre, una relación entre pares de magnitudes que no pueden conocerse simultáneamente con precisión. Aunque este principio pertenece al mundo subatómico y no se aplica a la vida cotidiana, relaciones personales, decisiones laborales o elecciones políticas, su lógica sugiere una metáfora: cuando fijamos la atención en un aspecto de la realidad, inevitablemente dejamos otros en penumbras.

Desde una perspectiva muy diferente, San Juan de la Cruz escribió siglos atrás que «Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada». El poeta místico proponía vaciar la mente para llegar a una comprensión que trascienda los conceptos. San Juan y Heisenberg hablaban de dos formas distintas de «no saber»: una espiritual y otra física. Ambos coincidían en que la plenitud del conocimiento implica aceptar límites y renunciar a la ilusión de conocerlo todo.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Heisenberg afrontó incertidumbres menos teóricas, aunque más vitales. Regresó en bicicleta a su casa pedaleando durante más de 200 kilómetros, esquivando a la Gestapo; estuvo a punto de ser asesinado por un agente estadounidense y pasó meses prisionero en Inglaterra con otros científicos alemanes. Se enfrentó a dilemas, riesgos y decisiones que nunca habría imaginado. Él habría deseado una existencia ordenada y previsible, dedicándose a investigar y enseñar física en su cátedra de Leipzig, y a interpretar las sonatas de Beethoven que tanto apreciaba.

Vivimos rodeados de incertidumbre. La velocidad de los acontecimientos supera nuestra capacidad para comprenderlos y la vida parece sostenerse en un equilibrio frágil, como un funambulista sobre el alambre. Desearíamos contar con estructuras firmes y desenlaces previsibles, pero habitamos un mundo cambiante no siempre dócil a nuestras expectativas.

Habitamos un mundo saturado de voces, de ruido y furia. Políticos que improvisan respuestas y dogmas, opinadores que multiplican diagnósticos y juicios de valor, influencers que proclaman certezas sobre cualquier asunto, y muchas de esas voces no tienen más valor que lo que Wolfgang Pauli, un físico y colega de Heisenberg, afirmaba sobre ideas tan mal formuladas que ni siquiera se podían refutar: «¡Eso no es ni siquiera falso!».

Discursos y relatos que no disipan la incertidumbre, sino que la amplifican. Cuanto más observamos un aspecto del presente, más se difuminan otras realidades que quedan en ángulo muerto. Necesitamos certezas, pero con frecuencia tan sólo encontramos certidumbres frágiles. Como escribió Heisenberg: «Sólo unos pocos saben cuánto hay que saber para darse cuenta de lo poco que se sabe».

Siempre es posible aprender a convivir con la incertidumbre. Vivir no consiste en intentar blindar cada aspecto de nuestra existencia, sino en decidir sin garantías absolutas. Avanzar pese al temor o la inseguridad, en el estrecho margen donde se juegan nuestras elecciones. La incertidumbre no es derrota, sino que es inherente a la condición humana. Es un territorio incierto donde siempre existe la posibilidad de fracasar, pero también es posible una comprensión más profunda de nosotros mismos y del mundo en el que existimos.

Gandia, 3 de diciembre de 2025.

Publicado originalmente en la edición de La Safor del diario Levante-EMV, el 4 de diciembre de 2025. Fotografía: Werner Heisenberg.

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