El regreso de lo sagrado

Pier Paolo Pasolini fue, quizá sin proponérselo, uno de los últimos testigos de una espiritualidad pobre y resistente. Poeta, novelista, cineasta y uno de los intelectuales más incómodos del siglo XX, fue brutalmente asesinado en 1975 en un descampado de Ostia. En las periferias de Roma había encontrado una fe elemental: rosarios gastados, procesiones que avanzaban por inercia, abuelas que rezaban sin teología. Lo que muchos despreciaban como superstición, él lo vio como un resto de humanidad frente a la maquinaria del mundo moderno. Cuando todo se convierte en mercancía, incluso una vela encendida puede ser un acto de insumisión.

Esa intuición de Pasolini ayuda a comprender un acontecimiento que, en apariencia, pertenece a otro tiempo.  El próximo junio el papa León XIV visitará España. La noticia parece anacrónica, pero señala algo más hondo: en un país que creyó haber archivado la cuestión religiosa, vuelve a escucharse el rumor de lo sagrado. No como programa político ni como nostalgia del pasado sino como refugio para una época exhausta, incapaz de responder a la pregunta más simple: ¿por qué existe algo y no la nada?

Vivimos tiempos de desencanto y desapego. Las ideologías que prometieron redimir la historia se han convertido en consignas, y la política en un intercambio de relatos sin convicción. En ese vacío muchos regresan a lo que la modernidad declaró superado: el misterio, el rito, la plegaria. Otros lo miran con ironía, como si la fe fuera un residuo arqueológico. Y no faltan quienes se mantienen lejos, heridos por una institución que no siempre los supo acoger.

Ese retorno discreto empieza a percibirse en España. No es la resurrección del nacionalcatolicismo ni una revancha cultural. Es algo más tenue: jóvenes que peregrinan, cofradías que recuperan pulso, monasterios que atraen a quienes se buscan a sí mismos en el silencio. Puede que no sea un movimiento mayoritario, pero sí un síntoma: allí donde la cultura se agota, reaparece la pregunta por el sentido. En una sociedad hiperconectada y sola, la Iglesia vuelve a ser para algunos una casa; para otros, el lugar del que se alejaron y al que no saben volver.

La fe, cuando no se reduce a consigna, puede ser una morada: un espacio donde el ser humano deje de pensarse como productor y consumidor y escuche aquello que no puede comprar. Por eso algunos vuelven a las iglesias en busca de lo sagrado y del consuelo, mientras otros se quedan a las puertas, atentos y recelosos a la vez.

La visita papal reabrirá la vieja tensión entre tradición y tradicionalismo. El papa Francisco lo dijo con precisión: la tradición es la fe viva de los muertos; el tradicionalismo, la fe muerta de algunos vivos. La primera custodia raíces; el segundo la embalsama y conserva en un museo.

Tal vez el sentido de la visita de León XIV sea reconocer ese movimiento subterráneo: bajo la superficie escéptica de nuestra época persiste una sed de trascendencia. Las ideologías y tecnocracias ofrecieron el paraíso y apenas administran lo cotidiano. La religión -con sus fragilidades- ofrece algo más humilde: amor, esperanza, perdón y la intuición de que no estamos solos. Pero hoy su credibilidad dependerá de su capacidad de escuchar y de no confundir la búsqueda espiritual con la nostalgia de un orden extinguido.

En un tiempo saturado de estímulos y cansancio, entrar en una iglesia -el olor de la cera, la penumbra, el eco de las oraciones de la infancia- puede seguir siendo una forma sencilla de volver a casa. A la casa del Padre. Incluso para quienes solo se atreven a permanecer en el umbral. Quizá lo sagrado nunca se fue del todo: solo esperaba que volviéramos a escucharlo. O quizá somos nosotros quienes, sin darnos cuenta, hemos comenzado a regresar.

Gandia, 18 de mayo de 2026.

Publicado en la Edición de La Safor del diario Levante-EMV, el 19 de mayo de 2026.

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