Llenos de vacío

El conocimiento científico suele ser contrario a nuestra intuición. Explícale a alguien sin conocimientos científicos que su cuerpo está básicamente compuesto de vacío y te tomará por loco, especialmente si está orgulloso de su musculatura o de su hermosa figura. Si fuera posible comprimir toda la materia de una persona, el resultado sería una insignificante mota de polvo que no se vería. Si pudiéramos comprimir la materia de los casi 8.000 millones de habitantes de la Tierra, el resultado no ocuparía un volumen mayor a un terrón de azúcar. Lo que la ciencia explica sobre la materia puede resultar inquietante y sombrío porque, aunque la liturgia del miércoles de ceniza advierte que polvo somos y al polvo volveremos (pulvis eset in pulverem reverteris), no imaginábamos ser poco más que un holograma.

Cuando Joseph J. Thomson descubrió en 1896 el electrón, la primera partícula subatómica que se identificó, se abandonó definitivamente la idea de un átomo indivisible e inmutable. Comenzó así una cadena de hallazgos sobre los componentes elementales de la materia, que abrió nuevos e insospechados horizontes: la mecánica cuántica, el modelo estándar de partículas elementales o la teoría de cuerdas, que no es extraño que nos suenen a chino.

Puede que retengamos en nuestra mente la imagen intuitiva del modelo clásico del átomo que describió Niels Bohr a principios del siglo XX: un núcleo de protones y neutrones, con los electrones orbitando como en un minúsculo sistema solar. Se sigue utilizando la iconografía de ese modelo, aunque está alejada del conocimiento actual y su escala sea engañosa. Para hacernos idea de los tamaños y distancias reales del átomo podemos imaginar que, si el núcleo del átomo fuera una gominola y estuviera en el centro de un campo de fútbol, los electrones estarían «bailando» anárquicamente por las gradas; serían puntos minúsculos, cien mil veces más pequeños que la gominola. Es decir, el átomo es casi exclusivamente espacio vacío y sólo una insignificante proporción de él es materia.

La física moderna no es fácil de entender. «Si alguien no queda confundido por la física cuántica, es que no la ha entendido bien» decía Bohr. Y Richard Feynman, un físico destacado, opinaba «que nadie entiende la mecánica cuántica». Sabemos sin comprender. Conocemos la estructura e interacciones del interior del núcleo atómico, pero no somos capaces de explicar su funcionamiento en términos familiares. Podemos saber que el protón está formado por tres quarks unidos por unas partículas sin masa portadoras de fuerza llamadas gluones, pero esa descripción no nos lleva a entender qué es en realidad el protón.

En el vacío atómico está quizá el origen del vacío que observamos en el mundo macroscópico. Tal vez existen realidades llenas de vacío a nuestro alrededor porque el vacío nos domina: «la levedad del ser», la inconsistencia, la incertidumbre… Tanto vacío en el debate político, tanta intrascendencia en la televisión, los medios y las redes sociales, tanta asfixiante corrección política, tanta simpleza acumulada… El filósofo Fernando Savater decía que tenemos la obligación de intentar no ser imbéciles, es decir, de escapar de la pereza mental que nos lleva a no intentar conocer y entender el mundo y a nuestros semejantes porque, a pesar de tanto vacío y futilidad, nos maravillarnos de las creaciones extraordinarias de la mente y del espíritu. Conceptos y experiencias que nos asombran: la verdad, la bondad, la belleza, el arte, la ciencia… Aunque también pueda brotar, fatalmente, un reverso tenebroso: conflictos, guerras, injusticia, odio…

Los nuevos hallazgos y teorías sobre las partículas elementales conducen invariablemente a nuevas preguntas. Permiten intuir que nunca seremos capaces de entenderlo todo y hacen sospechar que la comprensión de la materia y del universo quedan fuera de nuestro alcance. También se pueden deducir implicaciones filosóficas contradictorias, desde el nihilismo o el existencialismo hasta la idea de un ser inteligente, Dios, como origen de las leyes del universo. Estos dilemas filosóficos fueron quizá decisivos en la misteriosa desaparición en 1938 de Ettore Majorana, un genial físico siciliano de 32 años que había postulado una nueva partícula, un neutrino conocido como fermión de Majorana.

«Te enseñaré el miedo en un puñado de polvo». Citando ese verso, el escritor Leonardo Sciascia sospechó que Majorana había llegado a ver el horror en un puñado de átomos. Una hipótesis sobre su desaparición sostiene que se suicidó porque descubrió el pavor al que conducía el poder destructor del átomo, que se materializaría años después en el horror de Hiroshima y Nagasaki. Otra hipótesis propone que, al vislumbrar los límites de la ciencia para ofrecer respuestas vitales, renunció a la física para buscar respuestas en la religión y se recluyó en un convento. Quizá nunca sepamos cómo desapareció Majorana… al igual que nos ocurre con la inalcanzable comprensión de la materia, la vida y el universo. ¿Somos tan sólo un puñado de polvo?

Gandia, 21 de agosto de 2022.

NOTAS:

El verso citado por Leonardo Sciascia: «Te enseñaré el miedo en un puñado de polvo» pertenece al poema La Tierra Baldía de T.S. Eliot: «I will show you fear in a handful of dust».

Leonardo Sciascia dedicó uno de sus libros a indagar en el misterio del físico italiano: La desaparición de Majorana fue publicado en español por Tusquets Editores.

Este artículo se publicó originalmente en la edición de la Safor del diario Levante-EMV, el 26 de agosto de 2022.

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