Recuerdo la fotografía de Stefan Zweig y su esposa Lotte en Petrópolis, en 1942. Tendidos en la cama, vestidos, las manos unidas, como si la muerte les hubiera ofrecido una serenidad que la vida ya no podía darles. Es una imagen difícil de mirar sin estremecerse. No porque el suicidio sea una salida -no lo es, nunca lo es-, sino porque condensa la derrota íntima de quien ha perdido la fe en su mundo.
Zweig fue uno de los escritores europeos más leídos de su tiempo, un humanista convencido de que la cultura podía sostener Europa. Desde su exilio brasileño vio cómo aquello que había dado sentido a su vida se desmoronaba. En El mundo de ayer dejó escrita una frase lacónica: «He visto derrumbarse todas las columnas en las que había apoyado mi existencia espiritual». No hablaba solo de política, sino de la erosión lenta de una civilización que dejaba de reconocerse en sus propios principios. Las épocas -intuía- no caen de golpe: se desgastan desde dentro.
La España actual no es la Europa de entreguerras. La distancia histórica es inmensa y las condiciones no son comparables. Vivimos en una democracia consolidada, integrada en la Unión Europea, con garantías que entonces eran impensables. Pero se reconoce un clima difícil ignorar: una pérdida de confianza que avanza en silencio, como la humedad que asciende por las paredes. No es un derrumbe, sino un cansancio moral.
Las instituciones siguen funcionando, pero cuesta más creer en ellas con la convicción de otros tiempos. Encuestas como el Eurobarómetro o los estudios del CIS registran desde hace años una desconfianza persistente hacia la política, y organismos como Transparencia Internacional señalan vulnerabilidades en integridad pública. No es que España haya dejado de ser un Estado de derecho; es que su crédito moral se percibe más frágil.
En este contexto, algunos episodios recientes actúan como catalizadores de esa desafección. El caso de José Luis Rodríguez Zapatero es uno de ellos, no tanto por su figura en sí como por lo que simboliza: la incomodidad que produce ver a un expresidente moverse en escenarios donde la opacidad y la controversia son difíciles de separar. Su participación en el proceso electoral venezolano de 2024, cuestionado por informes de observación internacional y organizaciones de derechos humanos, dejó una estela de desconcierto en la opinión pública española. Para muchos la imagen de un expresidente en contextos tan brumosos resulta difícil de asimilar.
Lo que peor se digiere es la ironía histórica. Quien llegó al poder reivindicando la regeneración ética aparece hoy asociado a dinámicas que incluso en el PSOE se contemplan con incredulidad y preocupación. Y esa contradicción no solo provoca indignación, sino fatiga. Una fatiga moral que se extiende lentamente.
Pero sería un error reducir el problema a un solo nombre. Lo que inquieta es la acumulación: una sucesión de episodios, investigaciones, decisiones administrativas y sombras que, sin necesidad de convertirse en escándalos, van erosionando la confianza ciudadana. La justicia -si la dejan trabajar- determinará los hechos en cada caso. El efecto corrosivo, sin embargo, se manifiesta antes: una sensación de pérdida de fe, de instituciones que permanecen en pie mientras algo esencial se quiebra por dentro.
Por eso la emoción dominante no es la ira. Es la melancolía cívica. La impresión de que todo sigue funcionando mientras algo se disuelve en el subsuelo. Como si el país caminara con la camisa sucia sin darse cuenta. Ya no se sabe si lo que tardará en irse es el calor o el rubor: la vergüenza ajena.
Hace años, tras los atentados del 11‑M, Alfredo Pérez Rubalcaba pronunció una frase que quedó grabada en la memoria colectiva: «Los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta». Han cambiado los gobiernos, los líderes y las circunstancias. Pero la exigencia sigue siendo la misma. Simplemente la verdad, el último refugio en tiempos de erosión institucional.
10 de junio de 2026.
Publicado originalmente en la edición de La Safor del diario Levante-EMV el 11 de junio de 2026. Fotografía: Stefan Zweig y su esposa Lotte Altmann, hallados sin vida en su habitación de Petrópolis (Brasil), el 23 de febrero de 1942.